A veces, y seguramente, muy a menudo nos sentimos atados a cosas cotidianas.
Desayunar, buscar una camiseta limpia para salir, ponerte tus zapatillas, estar con tu gente...
Cosas que nos tienen muy atados, tan atados que no sabemos como actuar con una novedad.
Tan atados que nos asustamos de algo, y nos refujiamos en otras cosas.
Hasta que llega una novedad que supera la anterior, una novedad que no puedes rechazar, de la que no te puedes resistir, aunque sea mala o sin futuro.
Y intentas cambiar, buscas en ti rasgos del viejo tú, de aquel chico cotidiano, y te jode que la primera novedad no quiera ser tan nueva como ella esperaba, que no se lo pensó dos veces antes de aflorar.
Y tú te sientes culpable por ello, porque realmente eres el causante, y te das cuenta de que si que quieres que esa novedad siga en pie, que no se esconda en un agujero del que quizás no volviese a salir.
Hasta que llega un momento que no sabes que hacer, estás atado a la indecisión.
Y entonces piensas: "Que las novedades decidan en que lugar quedarse"
Dejas pasarlo, con espíritu decisivo de que todo se arreglará.
viernes, 16 de julio de 2010
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